miércoles, 28 de junio de 2017

Aguacero

"Aguacero" cayó en mis manos por casualidad. A través de la reseña de un Blog.
Es de aquellas historias que te atrapan con sólo leer un extracto.
Cuatro asesinatos, dos de ellos cometidos en una pareja de la guardia civil y acompañados de su dosis de tortura, se dan en un pequeño pueblo de la Sierra de Madrid.
Estos sucesos están ambientados en los primeros años de la dictadura, cuando los vencedores, amparados por la fuerza que da la victoria e impelidos por el rencor de tres años de guerra civil, utilizaban cualquier excusa para pequeñas venganzas personales contra los vencidos.
Época en la que, todavía el régimen se sentía amenazado por los escasos focos rebeldes que quedaban.
El dictador dedicaba su tiempo a inaugurar embalses y presas como si no hubiera un mañana y ha hacerse fotos pescando salmones.
Y es precisamente la construcción de una de estas presas el telón de fondo que utiliza Luis Roso para unir toda una amalgama de personajes cuya coincidencia en el espacio habría sido difícil de otra manera.
Sindicalistas encubiertos, aristócratas venidos a menos, comunistas traidores, guardias civiles de todas las tendencias pero con el sello de siempre como aparato represor del estado, el típico alcalde facha, misogeno y narcisista...
Y sobresaliendo por encima de todos, Ernesto Trevejo, inspector de la policía de la capital.
Trevejo es un personaje construido de manera magistral que nada debe envidiar a los de Dashiell Hammett.
Cuando, en un momento concreto de la historia, alguien comenta al inspector que tiene cierto parecido con Humphrey Bogart no es más que poner en palabras una sensación con la que convives desde su primera aparición.


Sarcástico, analítico, desconfiado. Mostrando siempre una cara y ocultando el resto. Maneja de forma maestra el curso de las conversaciones de tal manera que, manipulando al interlocutor, consigue saber lo que el otro no está dispuesto a contar.
"...Se nota que tiene usted correa en este negocio ".
Escrita en primera persona, como cualquier novela negra que se precie, nos transporta a la España rural de la posguerra, con más sombras que luces.
El tempo está finamente calculado para que no sea tan rápido como para que el lector se pierda, ni tan lento que se aburra.
En definitiva, una de las mejores novelas negras que he leído de un autor español.
Pero no quiero acabar este post sin hacer mención especial de un personaje en concreto, Merceditas, la prostituta.
Sorprendente porque, a pesar de su oficio, es tímida, recatada, vergonzosa. Un error de juventud dio pie a su hermano para utilizarla como mercancía. ¡No tiene desperdicio!
No hay mayor satisfacción para un lector que disfrutar con una novela y esta te deja plenamente satisfecho. Espero poder añadir al inspector Trevejo a los personajes de mi vida participando en otras de sus aventuras.


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