domingo, 18 de febrero de 2018

Tocado y hundido



Este relato está dedicado a Dashiell Hammett y la novela negra, género que adoro. 
Pero sobre todo, es un pequeño y modesto homenaje a Humphrey Bogart, la estrella más brillante del cielo de Hollywood. 



Llegué aquella mañana al despacho con una resaca espantosa. Cuando abrí los ojos y la luz del sol me provocó una jaqueca persistente supe que iba a ser un mal día.
Pero al ver al posible cliente esperando en la puerta, pensé que quizá había esperanza.
Se trataba de un tipo bien vestido, con traje, corbata y gabardina de un buen sastre, nada de grandes almacenes, buenos zapatos y una colonia cuyo aroma había invadido todo el rellano.
- Buenos días Sr. Johnson, llevo una hora esperándole. Por su cara deduzco que ha sido una noche intensa.
A pesar de su tono suave, su cara permanecía congelada en un gesto de eterna impaciencia. Como si considerará su tiempo más valioso que el del resto y, por tanto, un minuto de espera era una ofensa hacia su persona.
- Lo siento Señor...?
- Calbin, Máx Calbin.
Me tendió la mano. En su dedo anular lucía un anillo que parecía perteneciente a algún tipo de Sociedad.
- Tiene razón, Sr Calbin, ha sido una noche bastante movidita.
Saqué la llave del bolsillo, mientras el me dirigía una mirada inquisidora.
- ¿Puedo hacer algo por usted o me esperaba para hacerme notar los efectos devastadores de mis hábitos nocturnos?.
Calbin sonrió de manera desagradable. Abrió su pitillera de oro y encendió un oloroso cigarrillo.
- Vengo a contratarle, Johnson, si no está usted demasiado ocupado acabando con las existencias de whisky de los antros de la ciudad.
Evité la tentación de decirle que estaba demasiado ocupado para tipos como él pero, había que pagar el alquiler y al mecenas lo tenía delante.
Obvié su respuesta.
- Pues da la casualidad que, en estos momentos, estoy libre como los pájaros. ¿En qué consiste el trabajo?. No doy palizas ni extorsiono.
- No sé preocupe, para eso ya tengo personal especializado y preparado. Me miró con pena, como si mi físico delgado no le mereciera confianza. Le necesito para otra cosa.
Con parsimonia me dirigí a la cafetera que Marta había dejado llena de café recién hecho.
Marta era un ángel que, a cambio de los pocos dólares que le pagaba, pasaba por la oficina a primera hora, la adecentaba y me preparaba aquel brebaje negro y fuerte que yo consumía a litros.
Me giré hacía el tipo y mostrándole la taza le interrogué con la mirada. Él me devolvió un gesto de asco que convirtió su cara en una máscara de desagrado.
Me serví un litro del sucedáneo de petróleo de la cafetera, esperaba que consiguiera espabilarme lo suficiente para poder escuchar al Señor Calbin y, a la vez, disimular el sentimiento de rechazo que su presencia me producía.
Me dejé caer pesadamente en la silla detrás del escritorio y le señalé al tipo la otra situada justo frente a mi.
Tomo asiento mirando con desconfianza la estabilidad del objeto.
- ¿Podemos, por fin, hablar del motivo de mi visita?. Me preguntó con impaciencia.
- ¡Por supuesto!. Le escucho.
Introdujo la mano adornada por el curioso anillo en el bolsillo interior de su chaqueta y sacó una foto.
En ella aparecía un sujeto de cara delgada y pálida. Lucía un bigotito negro y muy fino. El pelo, cortado a cepillo y lustroso debido una gruesa capa de brillantina, lo partía por la mitad una raya casi perfecta. Sus ojos pequeños y hundidos, se refugiaban tras los gruesos cristales de unas gafas de montura de carey.
El tipo parecía haber posado con una pistola apuntándolo. Tenía cara de pánico.
- Y, ¿quien es el ratón asustado?.
- Ese enano traidor se llama Jeremías Parker. Trabajó para mi como contable. Siempre supe que no debía fiarme de su cara blanca y sus manos sudorosas y temblonas. Pero me habían hablado bien de él. Por lo visto era un genio de las finanzas. Me dijeron que si lo apretaba y le metía el miedo en el cuerpo, jamás sería capaz de traicionarme. No fue difícil. El primer día que le llamé a mi despacho, le lance un par de amenazas y le miré de cerca, se meo encima. De todas maneras, le envié un par de mis chicos para que le hicieran una visita "amistosa".
No sé que pudieron prometerle o con que lo amenazaron los federales pero, han conseguido que acepte declarar contra mi.
Lie un cigarrillo despacio, para darme tiempo a buscar las palabras adecuadas que no provocarán que, mi aspirante a cliente, se viera tentado de enviarme a sus empleados cualificados para que me hicieran una cara nueva. A mis cuarenta y tantos le había cogido cariño a la que tenía.
- Por tanto, dije con cautela mientras encendía el cigarrillo, los federales tienen encerrado a nuestro pequeño topo bajo tierra para que nadie le encuentre.
El Señor Calbin me miró con desprecio.
- Sí, es usted un tipo listo. Siga.
- Imagino que su agradable y generosa visita es para proponerme que me salte la barrera electrificada que la fiscalía debe haber montado alrededor de su empleado abnegado. ¿Cierto?.
- Lo que dije, es usted muy listo. Le pagaré bien Johnson. Usted no tiene que hacer nada, deme la dirección y yo me encargaré de que al ratón le coma la lengua el gato.
A él mismo le pareció muy divertida su broma y rio a carcajadas con la boca abierta, mostrando así algunos dientes de oro que me habían pasado desapercibidos.
A mi, en cambio, me pareció tan cómica como un pisotón en un callo.
- ¿Y si declinara su amable y generosa propuesta?, pregunté intentando imprimir a mi voz y mi expresión toda la amenaza de que era capaz en aquel momento. Ósea, ínfima.
El Señor Calbin se inclinó hacia delante, apoyándose en la mesa. Cuando me di cuenta tenía su jeta pegada a la mía.
Creo que estaba convencido de que esta técnica de persuasión era infalible. Y la verdad es que no se equivocaba.
Su cara, de un rojo brillante cómo precursor de una apoplejía, sus cejas blancas, pobladas y encrespadas hacia arriba, el brillo de sus dientes de oro y sus ojos pequeños, negros como el carbón y de mirada colérica, de lejos ya daban miedo pero, de tan cerca, era como mirar directamente al mismísimo Lucifer. En ese momento, yo también me pregunté como la Fiscalía había conseguido convencer al tipejo de la brillantina.
Mantuve a duras penas mi postura estoica, mientras el me explicaba con voz que apenas podía controlar la ira.
- Señor Johnson, ahora mismo está usted en posesión de una valiosa información. Como comprenderá, no puedo permitir que comparta mis planes con nadie, así que, me vería obligado a proporcionarle un nuevo alojamiento en el fondo de la bahía. Pero no se ponga triste porque, rápidamente tendría a un vecino a su lado para hacerle compañía. Claro que, si es usted tan inteligente como parece, aceptará mi propuesta y yo, en agradecimiento, seré muy generoso con usted.
Volvió a dejarse caer en su silla haciendo que, esta, produjera un crujido quejumbroso.
Después de tres intentos de tragar una saliva que no tenía, conseguí articular con un hilo de voz:
-¿Y quién me asegura que no me va a liquidar igual?.
Sonrió. Me miró con pena y dijo:
- Nadie pero, no tiene muchas alternativas, ¿no le parece?.
Siempre he sido un tipo práctico que no he podido presumir de héroe. He tenido la habilidad y la suerte de poder mantenerme a salvo, a pesar de todo. No era una opción negarse, así que, lo mejor sería seguirle la corriente y esperar la mejor ocasión para intentar escapar de aquella trampa lo más indemne posible. ¡Y no acabar en chirona, claro!.
- Esta bien Señor Calbin, no me deja otra opción. Quiero un primer pago de mil pavos, un número de teléfono donde pueda llamarle que sea seguro y un coche con el que pueda escapar en caso necesario. Me pondré en contacto con usted en cuanto tenga algo.
Sin dudar saco de su cartera el fajo de billetes más abultado que había visto nunca y me tiro encima de la mesa diez de cien.
En el reverso de una de mis tarjetas de visita, que habían permanecido en el mismo lugar desde hacía quince años sin que nadie las tocara, apuntó un número de teléfono y una dirección.
- En ese número me podrá localizar a cualquier hora. La dirección es de una tienda de coches de mi propiedad. Diga que va de mi parte.
Agarré el dinero y la tarjeta y pensé que, si todo salía mal como era de esperar, aquella "pasta" sería mi pasaporte para Brasil y las playas de Ipanema.
Por fin, mi peligrosa visita, hizo intención de irse.
Una vez en la puerta se giró por última vez.
- Dentro de dos días espero noticias suyas. Ni uno más o recibirá una visita que no olvidará.
Y salió dejando el olor de su colonia como postrer signo de amenaza.
Durante diez minutos no me moví intentando recuperar el ánimo.
Después, abrí el último cajón de mi escritorio, saqué una botella de wiski y, de un trago, me bebí la mitad. Luego levanté el auricular del teléfono y, todavía con manos temblorosas, llamé a mi amigo Mike O'Connor, sargento de la metropolitana.
- ¡Sí!. Contestó con impaciencia. Era un tipo que presumía de estar siempre de mal humor.
- Mike, soy Bob Johnson. Necesito un favor. En una hora en el local de Spike.
Gruñó asistiendo y colgó.
Mientras llegaba el momento de mi cita, me acerqué a la tienda de coches.
Uno de los vendedores se me acercó con pocas ganas pero, cuando le dije que me había enviado el Señor Calbin, se deshizo en amabilidad y me ofreció elegir cualquier coche que quisiera.
Escogí un Cadillac ElDorado de color negro. No era discreto precisamente pero no tenía intención de pasar desapercibido. ¡Y no pude evitar la tentación!.
Cuando llegué al local de Spike, mi amigo el sargento ya estaba allí. Era el típico escocés, grande y cuadrado, con una mata de pelo rojo y la cara llena de pecas.
Me miró con sus ojos verdes, fríos y me lanzó la pregunta como un insulto.
- ¿Y bien?. Te aconsejo que sea lo suficientemente importante como para hacerme salir de casa en mi día de fiesta.
Miré a Spike, un tipo de color que aún era más grande que Mike, y asentí con la cabeza. Él me colocó delante un vaso y una botella.
- ¿Conoces a alguien llamado Calbin?. Un pez gordo.
Me miró sorprendido.
- ¿Calbin el enterrador?.
Se lo describi brevemente.
-¡Caramba chico!. ¿Qué has hecho para codearte con lo más granado de los bajos fondos?.
Le hice un resumen pormenorizado de mi visita de esa mañana. Él se quedó pensativo por un momento. Luego me miró con pena.
- Calbin es el mafioso más buscado del momento. Los federales llevan siglos intentando pillarlo de alguna manera. La bahía está sembrada de los cadáveres de los miembros de su banda que alguna vez tuvieron la tentación de traicionarlo.
- ¿Y ese tal Parker?.
Mike se rio atronando todo el local.
- Eso fue un golpe de suerte. Por lo visto perdió la cabeza por una prostituta. La chica se vio implicada en el asesinato de un cliente. Le asestó tres puñaladas para robarle. La fiscalía le ha propuesto un indulto para ella y una nueva identidad para los dos si declara contra su jefe.
Me quedé a cuadros.
- ¡Sí, ya. Y yo soy el rey de la belleza!.
El sargento volvió ha hacer gala del poderío de su voz y de su dentadura perfecta.
- Porque me haces reír, que si no...
Dejo su amenaza en el aire y se puso serio.
- Ya sabes que los de la fiscalía son todos unos hijos de mala madre. En cuanto tengan lo que quieren el pequeño y su prostituta se volverán a ver dentro de cuarenta años, cuando a ella le den la provisional.
Entonces me miró como quien se despide de un cadáver, y me pregunto:
-¿Qué demonios vas ha hacer, rey de la belleza?.
Permanecí un rato en silencio, intentando ordenar lo máximo posible la propuesta que quería que Mike trasladara a sus superiores.
- Necesito que hables con tus jefes. Tengo un plan que, creo, nos va a beneficiar a todos.
A la mañana siguiente, a las ocho en punto, estaba sentado mirando la cara rubicunda del comisario Santoro. Su familia era oriunda de Nápoles. Su padre, carabinieri, luchó contra la camorra hasta que fue asesinado. Su madre, junto con sus cinco hijos y los abuelos, emigró a Norteamérica. Inevitablemente, Francesco Santoro acabó  siendo "poli".
Era de estatura baja pero, tenía una constitución tan fuerte que parecía que en cualquier momento iba a estallar la americana que vestía. Gozaba de un espeso pelo negro que llevaba muy corto y sus pequeños ojos azules, heredados de algún antepasado del norte de Italia, destacaban en su cara curtida.
En aquel momento me miraba con absoluta desconfianza.
- Johnson, no acabo de ver muy claro su plan. Creo que, al final, usted y Parker acabarán "fiambres" y ese tipo Calbin se ira de rositas.
- ¡Demonios, comisario, tiene usted el sentido del humor de un enterrador!. Le dije reprimiendo un escalofrío.
Soy consciente de que mi plan tiene algunas lagunas...
- No sea optimista, no tiene lagunas, ¡es el condenado lago Michigan!.
- ¡Pues no tengo más opciones!, me lamenté.
Él me miró condescendiente.
- Sí, mire por donde, en eso es en lo único que tiene razón. De todas maneras, si por absurdo funcionase, sería endiabladamente bueno. ¡Me encantaría ver las caras de estúpidos que se les iba a quedar a esos estirados de la fiscalía!.
- Sin hablar de la reputación que se iba a ganar está comisaría. Dije, intentando granjearme su simpatía.
Asintió perdido en su sueño de medalla y prestigio. No hay como ofrecerse uno en sacrificio a favor del medrar de otro para ganarse su apoyo momentáneo.
Una vez montado el dispositivo, me dispuse a llamar al Señor Calbin.
Dio dos tonos y fui consciente de la precipitación con la que descolgaron. De inmediato oí la voz impaciente del mafioso al otro lado de la línea.
-¿Johnson?, preguntó.
- Sí.
- ¡Vaya. No imaginaba que fuera usted tan eficaz!. ¿En que agujero se esconde el gusano?.
- Escuche atentamente porque no lo voy a repetir. Tengo un contacto en los federales. Es un "buen poli" acuciado por las deudas de juego. Por una módica cantidad, para tranquilizar a los prestamistas, a accedido a darme la dirección. Pero pone una condición.
- ¡Lo que sea!. Dígame.
- Es básico para él que solo sepan de esto usted, él y yo. Exige que ninguno de sus "empleados" esté en el ajo.
- Pero, eso significa que tengo que ir yo en persona a liquidarlo. Se quedó en silencio un momento. Luego sus carcajadas inundaron la línea. ¡Me encantará ver la cara de pánico del gusano mientras lo aplasto con el tacón de mi zapato!.
- Bien. Apunte.
- No, de eso nada. Acaba usted de convertirse en mi guardaespaldas. Me acompañará y así me aseguraré de que, después, no tenga la tentación de ser un buen ciudadano y me traicione.
- Como quiera.
- Apunte la dirección de mi casa y pase a buscarme en una hora.
Colgué y me giré a mirar a Mike y Santoro.
- ¿Me pueden explicar cómo, un tipo tan estúpido, ha conseguido llegar a capo de la mafia?.
Mike hizo una mueca que quería ser una sonrisa.
- Es sanguinario y sin escrúpulos. No necesita ser inteligente.
A partir de ahí los acontecimientos se precipitaron.
Recogí a Calbin, que parecía un niño que iba de excursión, y nos dirigimos a la casa que la metropolitana había preparado para la ocasión.
Los hombres de Santoro, vestidos de paisano, hacían guardia armados con ametralladoras como si fueran federales.
En un aparente descuido de uno de los guardias, penetramos en el edificio que permanecía en penumbra.
En un sillón, de espaldas a la puerta, distinguimos la silueta de alguien sentado ante la chimenea apagada.
A Calbin pareció poseerle el mismísimo demonio. Más rojo de lo habitual, sudando como un cerdo, sacó el revólver y le dio un tirón al sillón, girándolo de golpe, y gritando:
- ¡Asqueroso gusano, te voy a enviar al infierno!.
Pero, cuando la presunta víctima, quedó de cara a él, se encontró con la boca del cañón de la pistola y la sonrisa de Mike.
La cara del asesino no tenia desperdicio. Primero la ira fue sustituida por el estupor. Su color pasó del púrpura al blanco en un segundo. Inmediatamente volvió al púrpura cuando se giró para mirarme y escupirme:
- ¡Traidor hijo de mala madre. Te voy a aplastar la cabeza hasta que se te salgan los sesos!.
Pero el sargento ya le había quitado el arma, le había puesto las esposas y lo arrastraba hacia el coche patrulla.
Ascendieron a Santoro. Lo intentaron con Mike pero él prefirió seguir en su puesto. Decía que era más divertido.
Parker declaró y desapareció. Sin su prostituta claro, esta permaneció en la carcel hasta cumplir su condena.
Calbin fue juzgado por extorsión, juego ilegal, contrabando... e intento de asesinato. Lo sentenciaron a treinta años.
Al final del juicio, repartió amenazas a diestro y siniestro.
Yo, después de ser testigo en dicho juicio, agarré mis mil pavos y me largué de la ciudad lo más lejos que pude.
Ahora vivo en una bonita finca en Méjico.
Y no me arrepiento de nada.














martes, 13 de febrero de 2018

Reseña: "Regreso al futuro de Edgar Allan Poe"



Me pasa una cosa curiosa con los relatos de Edgar Allan Poe. Tengo sentimientos encontrados que podrían parecer contradictorios pero que, al final, son la misma reacción que tienes cuando pruebas algo agridulce. El sentido común lo rechaza pero, esa parte oscura que todos llevamos dentro se siente satisfecha y eufórica ante el estremecimiento producido por el choque de los dos sabores.
Mi reacción con las obras de Poe es la misma que ante una cucharada de ese mejunje, "no quiero pero no puedo evitarlo".
La única novela de Poe que nunca he podido superar ha sido "Aventuras de A. Gordon Pym".
Por eso, cuando supe que Manuel Pociello nos iba a regalar una obra sobre este personaje oscuro, que siempre caminó, haciendo equilibrios, por la delgada línea que separa la cordura de la locura. Y que, ese mismo hecho, le proporcionó la habilidad de ver el alma humana en toda su aterradora dimensión, quise tenerla en mis manos lo antes posible.
Pero Manuel ha conseguido mucho más de lo que yo esperaba de él.
He leído muchos textos sorprendentes por su estructura, por su temática, por la construcción de sus personajes, pero, abrir la caja de Pandora que es "Regreso al futuro de Edgar Allan Poe" ha sido una experiencia que nunca antes había experimentado.
Nada, en el recorrido inicial, te prepara para lo que te espera en la parte central. En ella entras en un mundo solo de sensaciones.
Sientes dolor, alegría, inquietud... Manuel sustituye al personaje principal de la historia para mostrarse él con un lenguaje depurado y bello.
Y  llegas al final con ese sentimiento contradictorio de placer, sorpresa y la extraña sensación de que quizá, y solo quizá, hay algo más que no has podido ver.
Se dice, se comenta, que el Señor Poe, en determinado momento, coqueteó con la masonería y que era un experto en encriptación.
Ahí lo dejo. Solo aconsejo a los futuros lectores, que hagan un primer repaso de esta obra solo con los sentidos. Para disfrutarla con el alma. Luego, se puede intentar verla con la intención del análisis, como un cazador de tesoros.
Finalmente, cada uno que se quede con la lectura que más le haya gustado.


jueves, 8 de febrero de 2018

Anexo a "Résistance"

Cuando los alemanes derrotan la escasa resistencia de los aliados y conquistan el Benelux en apenas dos semanas, los franceses, abandonados por los ingleses, que se han retirado al otro lado del Canal de la Mancha, se ven en la obligación de tomar una decisión sobre su futuro. O enfrentarse al invasor o capitular.
El Mariscal Petain, héroe de la Primera Guerra Mundial, firma el armisticio con Hitler el 22 de junio de 1940. Los alemanes pasan a controlar toda la zona norte del país. Con ello, el territorio francés se divide en dos, "la Francia libre" y "la Francia ocupada".

Mapa de Francia durante la ocupación 

En ese momento, el ejército alemán, ya hacia tiempo que corría a sus anchas por la capital del país.
Petain se retira a Vichy, convirtiendo así a esta ciudad en la capital de la zona ocupada.
Tanto el viejo Mariscal como los partidos de derechas no se limitaron a gestionar los territorios bajo su tutela, si no que apoyaron a los nazis en sus decisiones ya que, el inicio de una "Reforma Nacional" ideada por Petain y sus asesores, encajaba bastante bien con las ideas de Hitler. Por tanto, el juego de poder invasor / invadido, paso a ser, básicamente, una colaboración amistosa.
Fue tan estrecha dicha colaboración, que el gobierno de Vichy se sumó, incluso, a la persecución a los judíos. Crearon campos de detención como el de Drancy, donde los ciudadanos franceses de religión judía, eran encerrados a la espera de su traslado a los campos de exterminio del Norte de Europa (Auschwitz, por ejemplo).

Imagen del Campo de Detención de Drancy 

Todas estas decisiones provocan un auge del poder de la clase media en detrimento de la clase proletaria. Por lo que, los movimientos obreros, van perdiendo su poder poco a poco.
Esto les obliga a unir posturas y asociarse de forma clandestina en un movimiento de resistencia que es más un enfrentamiento con el gobierno de Vichy que un ataque frontal contra el invasor.
Todos estos grupos clandestinos son los que se sienten implicados e inflamados por el discurso que el General De Gaulle, exiliado en Gran Bretaña, retransmite a través de la cadena de radio gubernamental británica BBC, el 18 de junio de 1940, un día después de la solicitud de armisticio por parte de Petain.
Este "llamado a la rebelión" supuso la autoproclamación de De Gaulle como líder de la Francia libre y el inicio de los movimientos de resistencia en territorio ocupado.

viernes, 2 de febrero de 2018

Las Mutuas de Accidentes milagrosas




Este Blog nació como una manera a través de la cual, yo expresaba mis opiniones. Ese objetivo se perdió cuando, por sorpresa, descubrí que tenía la habilidad de escribir relatos.
Por un momento, quiero recuperar su origen para dar voz a mi indignación.
Una de mis titulaciones académicas es la de Técnico en Prevención de Nivel Intermedio y ejercí esa profesión durante varios años.
Debido a ello, tuve una relación muy estrecha con las Mutuas de Accidentes. Sí, esas a las que tenemos que acudir cuando sufrimos un percance en nuestro trabajo o necesitamos tratar una enfermedad profesional.
No soy una mojigata inocente, hace mucho tiempo que sé que, la salud de los ciudadanos, se ha convertido en un negocio muy lucrativo para muchos indeseables, pero el caso de estas Mutuas es flagrante.
He hablado con trabajadores que tienen la falsa idea de que "no te puedes quejar, es gratis".
Siento decepcionar a estos compañeros optimistas. Del tanto por ciento que cada uno de nosotros "dona" a la Seguridad Social, una parte importante va destinada a estas empresas (es lo que son).
Así que, hagamos una cuenta fácil. Si, del dinero que reciben de nuestros sueldos, tienen que restar lo que les cuesta la asistencia que deben impartir, sus beneficios son menores. ¿A qué es fácil imaginar el tipo de prestación que les interesa dar?. Cuanto menos gasto, más beneficio. Y, por supuesto, no son ninguna ONG.
Esto provoca que, por ejemplo, sea misión imposible que lleguen a reconocer una enfermedad profesional. Te envían a tu médico de cabecera para que te trate ya que, ¡como se te ocurre insinuar que la lumbalgia que padeces es culpa de levantar cajas durante ocho horas!.
Ahora, si a tu facultativo se le ocurre que debes guardar reposo y te da la baja, transcurrida una semana sin reincorporarte, recibirás la llamada de ese médico que se deshizo de ti a las primeras de cambio.
Y si apareces en su despacho con las tripas en un cesto, ¡tranquilo!. Este amable profesional te hará un informe donde dice que eres apto para volver a trabajar. Eso sí, recomendará a la empresa que deje hueco en tu puesto para que la cesta pueda permanecer a tú lado.
Y habrá alguien que se pregunte ¿qué interés pueden tener en tu rápida vuelta a primera línea?.
¡Marketing, queridos amigos!. Un empresario contratará antes a una Mutua que persiga a sus trabajadores y los investigue para conseguir un absentismo laboral bajo mínimos.
El caso es que yo, a estas alturas y después de mi larga vida profesional, me sigo preguntando porque debemos pagar la misma asistencia por duplicado.
En su momento se dijo que era para liberar y agilizar el overbooking de la Seguridad Social y dar tratamiento más rápido y adecuado a los trabajadores. Pero estos grandes monstruos, porque el ingente número de este tipo de empresas se ha ido reduciendo a dos o tres multinacionales, se a quedado en un montón de detectives que persiguen el fraude y que acaban haciéndonos pagar a todos, por la actitud de cuatro aprovechados a los que, por cierto, no investiga ni acosa nadie.
En fin, que a pesar de lo inadecuada del 90% de nuestras condiciones laborales, debemos intentar llegar a la jubilación lo más indemnes posible.



domingo, 28 de enero de 2018

Résistance. Cap. 3



Ver "Résistance. Cap 2":
https://luisa9lecturas.blogspot.com.es/2018/01/resistance-cap-2.html?m=1

Ese año y el siguiente fueron una vorágine de acontecimientos. Al principio hubo un éxodo que dejó la ciudad medio vacía. Como si de un acuerdo tácito se tratara, miles de ciudadanos abandonaron París en una huida desesperada, como espoleados por una fuerza invisible. Los siguientes días, los que decidimos permanecer en nuestros puestos, esperamos, con el corazón en un puño, sufrir las consecuencias que la invasión nazi había infligido a otros países. Pero, pasados los primeros meses, después de ser atropellados por la logística alemana, la rutina volvió a instalarse en nuestras vidas y todo continuó como si nada hubiera pasado.
Poco a poco, parte de los exiliados decidieron volver y la vida nocturna de la ciudad volvió a brillar justificando su nombre.
Ayudé a Fabienne en el tedioso proceso de matricularse en la Universidad por primera vez. El examen de nivel para acceder a los estudios que quería realizar lo pasó con nota y poco a poco continuamos con nuestras vidas ignorando a los soldados nazis que,  inevitablemente, te abordaban por la calle.
Durante el curso del año 1941 empezamos a notar un ligero movimiento en la Sorbona que fue tomando fuerza poco a poco. Algunos estudiantes se mostraban descontentos con la actitud del gobierno de Vichy, en la Francia libre. Consideraban que la pasividad de los gobernantes ante la invasión, propiciaba que no hubieran acciones contra los alemanes en el territorio ocupado.
Se formaron grupos que, en un principio, se limitaban a realizar reuniones clandestinas donde se discutía mucho pero no llegaba a tomarse decisiones ni a emprender acciones.
Un día, acabadas las clases, me encontré con Fabienne para volver juntas a casa. La vi acercarse mirándome tímidamente.
- ¡Te conozco!, le dije, ¿qué quieres pedirme?
Ella bajó la cabeza y se miró la punta de los pies. Luego habló tan bajo que casi no la oí:
- Se que no debo pedirte esto, que es peligroso, pero, ¿me acompañarias a una reunión?
No supe, momentáneamente, de que me estaba hablando.
- ¿Quieres decir una de esas secretas e ilegales en las que, si te pillan, te interroga la Gestapo?. Le pregunté.
Me miró asustada pero a la vez con ansiedad esperando mi respuesta.
- Explicame porque deberíamos ir y entonces decido.
- Jacqueline, para mi, París, siempre fue el paradigma de libertad, de tolerancia. El centro de la cultura, el objeto de la inspiración. Todo eso está siendo mancillado, pisoteado por el ejército del terror. Les estamos dando cobijo y ayudándoles a torturar, asesinar, someter a otros pueblos. Somos cómplices desde el momento en el que no hacemos nada para ponérselo difícil. Otras ciudades europeas ocupadas mantienen luchas encarnizadas y clandestinas para echar a los alemanes de sus territorios. ¿En qué nos convertiremos si no hacemos lo mismo?.
La miré con admiración, totalmente rendida a sus argumentos. No podía entender como, viviendo las dos las mismas circunstancias, ella hubiera llegado a unas conclusiones en las que yo jamás había pensado.
- ¡Demonios, me has convencido! Se que me voy a arrepentir de esto el resto de mi vida pero ¿dónde es esa maldita reunión?
Sonrió de oreja a oreja y me dio un terrible achuchon.
- Es en la escuela de Vannen. El alcalde propicia y auspicia estas reuniones. Cede el local y presta la protección que puede.
- ¿Y como sabes tu todo eso?.
Enrojecio hasta la raíz del pelo. Me dirigió una mirada que quería ser inocente y que yo no me creí.
- Me lo explicó Thierry.
La última parte de la frase sonó tan bajo que casi no la entendí...casi.
- ¿Quién es Thierry?.
De repente el entusiasmo la poseyó. Me miró y sus ojos brillaban con una luz distinta.
- Le conocí una tarde mientras te esperaba. Repartía panfletos y se me acercó. Me explicó que sus camaradas y él intentaban concienciar a los parisinos de la conveniencia de iniciar movimientos de resistencia contra el invasor. Por ahora era una labor meramente informativa pero, en cuanto consiguieran suficientes adeptos, iniciarian acciones, principalmente, de sabotaje. Por lo visto tienen contactos con algunos oficiales del ejército inglés que pueden proporcionar armas y entrenamiento militar.
- ¿Y todo eso te lo explicó en una tarde?.
Ella rió, divertida.
- ¡No!. Hemos quedado varios días a tomar café.
Le dirigí un gesto de enfado fingido. Con los brazos en jarras le pregunté:
- ¿Quieres decir esas tardes en las que tenías que volver corriendo a casa a estudiar?.
Se giró hasta darme la espalda mientras me apremiaba a tomar el camino de la estación. "Llegaremos tarde", dijo.










jueves, 11 de enero de 2018

Résistance. Cap. 2


Ver "Résistance. Cap 1":
https://luisa9lecturas.blogspot.com.es/2017/12/resistance-cap-1.html?m=1




En el verano de 1940 conocí a Fabienne. Aprovechando que una amiga se había casado y había dejado vacante su puesto de dependienta en una pastelería, intenté engordar un poco mis arcas, terriblemente menguadas en los últimos meses.
Quería matricularme en septiembre en un par de asignaturas de mi carrera de literatura francesa y mis ahorros no llegaban ni para alimentarme durante las próximas dos semanas.
La ciudad estaba alterada. Se podía oír, de manera constante, el ruido de la batalla en las afueras y los parisinos, sumidos en una espera tensa, temían ver aparecer al ejército alemán de un momento a otro.
Ella apareció una mañana. La vi parada delante del escaparate de la pastelería, pálida, delgada hasta parecer un espectro y con una maleta en su mano izquierda. Vestía un jersey de lana y una falda de tubo sin medias. Prendas excesivas para el calor del verano. Su pelo negro y muy largo, algo ondulado, lo recogía en la nuca en una tensa cola de caballo. Sus ojos negros y hundidos, enormes para lo pequeño del óvalo pálido de su cara, miraban, de manera hipnótica, los magníficos pasteles expuestos.
Aprovechando que, en ese momento, el negocio se encontraba vacío, le dije al encargado que salía a fumar un cigarrillo y tomar un poco el aire.
Me sitúe a su lado y ella no se percató de mi presencia.
- Hola, le dije. Dio un respingo, como si la hubiera despertado de un sueño profundo.
Me miró, asombrada quizá, de que alguien desconocido le dirigiera la palabra.
- No eres de aquí, ¿verdad?. No, claro, no tendría sentido, si no, que llevaras una maleta.
Ella sonrió, era más un intento que un gesto, pero iluminó su cara y vi que era mucho más joven de lo que me había parecido en un principio.
- No, soy de un pequeño pueblo de la Bretaña.
- Y, ¿como se te ha ocurrido venir a París en tiempos tan convulsos?.
Volvió a sonreír, esta vez de manera amplia:
- He venido para matricularme en la Sorbona. No esperaba encontrarme con estos acontecimientos tan graves. Mi ciudad es muy pequeña y no estamos tan al tanto de las noticias de la guerra.
- Pues, perdóname, pero no tienes aspecto de poder pagarte los estudios.
Ella puso cara de apuro y se miró en el vidrio del escaparate, enrojeció pero, aún así, me miró directa a los ojos sonriendo y con un ligero rubor en sus mejillas.
- Llevo aquí dos semanas y he gastado todo el dinero que había reservado para vivir hasta encontrar un trabajo. No he tenido suerte pero no tocaré el que tengo reservado para la Universidad.
Me enternecí, yo tampoco soy parisina y me recordó mi experiencia tres años antes.
- Tengo una propuesta para ti. Primero pasa, te invito a un café y un cruasán. Después iremos a la pensión donde yo vivo, compartiremos habitación y gastos. Mi antigua compañera se ha casado y yo no puedo hacer frente sola al alquiler. Te ayudaré a buscar trabajo y a gestionar tu entrada en la Sorbona que no es fácil. Yo ya llevo tres años estudiando allí.
Me observaba con el asombro pintado en la cara. Supongo que le habían advertido de lo peligrosos que éramos los habitantes de la gran ciudad. Creo que no sabía como reaccionar.
- ¿Por qué?, se limitó a preguntar.
- Porque hace tres años yo estaba en tu misma situación. Me hubiera ahorrado muchos problemas si alguien me hubiera ayudado. Me lo has recordado.
Volvió a sonreír con confianza. Comió con ansia. Luego le di la dirección de la pensión junto con una nota para Madame Julienne, la dueña.
Esperé hasta el cierre para hablar con el encargado de la pastelería. Intentaría convencerle de que le buscara un hueco a mi nueva amiga. Creí que justificaría su negativa aduciendo que, con la situación por la que atravesaba la ciudad, el negocio se estaba resintiendo mucho. Pero, para mi sorpresa, me dijo que no había problema. Estoy segura de que tenía una visión de las cajas registradoras llenas del dinero de los alemanes. Ya se sabe, "a río revuelto..."
No pude hablar con mi flamante nueva compañera hasta la mañana siguiente, cuando llegué dormía profundamente.
Despertó hacía las ocho de la mañana. Yo trasteaba preparando café, regalo de un antiguo novio estraperlista portugués, en un pequeño hornillo que se nos permitía tener.
Al verla mirándome le tendí la mano:
- Hola, mi nombre es Jacqueline, tengo 25 años y soy de Dijon. Estudio literatura francesa.
Fabienne sonrió.
- Hola, me llamo Fabienne, tengo 18 años y soy de Malestroit. Quiero estudiar Química.
Se me abrieron unos ojos como platos.
- ¿En serio?¿como te ha dado por ahí?, le pregunté.
Ella rio y contestó:
- Madame Curie tiene la culpa.
Le conté lo que había acordado con el encargado de la pastelería y la cantidad que debía darme para el alquiler. Le expliqué que no podíamos formalizar la matrícula hasta la primera semana de septiembre. Ella asentía muy seria pero yo podía ver la confusión reflejada en su mirada.
- Entiendo que son muchas cosas nuevas de golpe pero, tranquila, verás como poco a poco todo parece más fácil.
- Muchas gracias, Jacqueline. ¡No se que hubiera hecho sin tu ayuda!.
Yo la miré de manera taimada y le dije:
- No me agradezcas tan pronto que ya te cobraré. Reímos y me sentí acompañada por primera vez en tres años.
Salimos en dirección a la pastelería cogidas del brazo mientras nos explicábamos cosas de nuestras respectivas ciudades, ella más que yo puesto que hacía menos que la había abandonado. Era el 13 de junio de 1940.
Andábamos distraídas y no nos percatamos del revuelo que había a nuestro alrededor. La ciudad había permanecido durante días en una tensa espera. Las calles permanecían medio vacías la mayor parte del tiempo y al bullicio habitual lo sustituyó un silencio extraño, como de velatorio de un ser querido.
Al llegar al local observamos corrillos de gente cuchicheando por todas las esquinas.
- ¿Qué demonios pasa, Alain?, le pregunté al encargado.
- ¿No te has enterado?. Los alemanes están a las puertas de la ciudad. Han avisado que mañana harán su entrada con un desfile por los Campos Elíseos.
Y así, el 14 de junio de 1940, las calles de la Ciudad Luz fueron mancilladas por las botas y el paso de la oca de un ejército, que había repartido muerte y sufrimiento allí por donde había pasado.
En cuanto a Fabienne y a mi nos esperaban días extraños, llenos de sacrificio y peligro, pero también de aventuras y pasión.








domingo, 7 de enero de 2018

Inspiración




El pintor caminaba por las calles combatiendo el aire helado con sus manos en los bolsillos y una bufanda atada al cuello.
Su pensamiento bullía de indignación. “Le falta alma” le había dicho el último marchante que había pasado por el estudio. A sus cuadros les faltaba alma…
“La ejecución es perfecta. El equilibrio del color esta muy conseguido pero son aburridos. No dicen nada, no transmiten nada”.
Pero era difícil pintar con el corazón cuando ella lo mató cuando se fue.
La había conocido una noche en una taberna, uno de esos locales habitados por fantasmas que ocupan siempre la misma mesa. Solitarios, sin futuro, sin razón para vivir. Sentados con un vaso permanente en la mano, su única meta era que la parca pasase a recogerlos. Yo era joven e impaciente y la falta de éxito me tenía sumido en una depresión que me hizo buscar un sitio acorde con mi estado de ánimo, para intentar ahogar mi ansiedad.
Ella ocupaba una mesa en el fondo. Pero, aún absorbida por la oscuridad, a mi me deslumbró su brillo. Su pelo rubio ajado, sucio y despeinado evocaba, todavía, el esplendor de otros tiempos. Sus ojos acuosos, de un azul casi transparente, estaban rodeados de unas profundas y negras ojeras. Su mirada, marcada por una honda tristeza, se perdía en lo profundo de su pensamiento. Pero, si observabas bien, veías, relucir aún, la llama de la pasión. Su boca despintada, marcada por un rictus de eterno hastío, de amargura, estaba señalada por el rastro de antiguos besos apasionados, aquellos que hacen deslizar el suelo bajo los pies.
Me acerque despacio, como lo haces con un gorrión herido por miedo de que, al revolotear, se dañe más todavía.
Con voz suave le dije:
- Señorita, ¿me permite que la acompañe?.
Me miró con cansancio infinito pero contesto con su voz enronquecida por el alcohol :
- Si me invitas puedes quedarte ahí sentado el tiempo que quieras.
Pedí una botella de vodka. El camarero, un anciano castigado por la artritis, nos sirvió arrastrando los pies y le habló a ella con la ternura de un padre:
- Señorita, ¿no cree que sería mejor que volviera a casa?
- Viejo y querido Pierre, sabes que no tengo donde volver. Deja la botella y no te preocupes por mi. Este caballero me cuidará, ¿verdad amigo?.
Yo asentí. Pasé el resto de la noche viéndola consumir un vaso tras otro mientras me desgranaba las decepciones que habían marcado su vida.
Cuando la mañana empezaba a clarear, ella, derrotada, se había dormido con la cabeza apoyada en la mesa. La cogí en mis brazos, su cuerpo era pequeño y liviano. Se agarró a mi cuello como una niña pequeña.
La llevé a mi estudio. La cuide durante días y noches enteras, mientras ella expulsaba el alcohol de su cuerpo, se reparaba, se reconstruía y renacía.
Y volvió a ser la chica que yo había podido distinguir dentro de la cubierta de mujer desencantada que había conocido por primera vez. A partir de aquí empecé a vivir dentro del sueño que sólo había tenido el valor de imaginar. Mi obra se depuró y se llenó de sentimiento. Pintaba mientras ella me observaba y yo dejaba traspasar al lienzo toda la felicidad, el amor, la pasión que inundaban mi corazón. Luego paseábamos, reíamos, comíamos y hacíamos el amor como si fuera la última vez, como si fuera el último día de nuestras vidas.
Yo conseguí algo de notoriedad en este difícil mundo del arte. Realicé algunas exposiciones y vendí unos cuantos cuadros. Era feliz. No le pedía más a la vida.
Una mañana salí del estudio mientras ella dormía todavía. Había decidido pedirle matrimonio. Quería vivir el resto de mi vida como hasta ahora, con ella a mi lado. Si la perdía nada tendría sentido para mi. Le compré un modesto pero bonito anillo de compromiso y un enorme ramo de rosas rojas. Subí las escaleras, entre en el estudio como una tromba llamándola a gritos. Nadie contestó.
Se había ido y nada quedaba de ella. Ni rastro de su presencia, como si nunca hubiera estado allí.
La busqué durante días sin resultado. Había desaparecido.
Mis cuadros se quedaron sin esencia, sin sentimiento y empezaron a dejar de venderse.
Ahora ocupo la mesa que ella abandonó. He dejado de pintar porque me planto delante del lienzo en blanco y no hayo nada en mi interior que poder plasmar. Espero que vuelva para recuperar la inspiración y la pasión que perdí.
Le pregunto al viejo Pierre:
- ¡Dime donde está, se que tú lo sabes!.
El me mira con compasión y me contesta:
- Ella es inconstante, señor. Nunca ama por mucho tiempo.

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