jueves, 17 de mayo de 2018

Calor


Relato dedicado a mi buen amigo Edgar A. Poe y su cuento " La esfinge". A la vez intenta ser un humilde homenaje a "La ventana indiscreta" y el gran maestro A. Hitchcokc.
Los que intentamos escribir no podemos huir de las influencias.

Aquel verano se presentaba especialmente virulento. Se alcanzaban temperaturas record desde primeras horas de la mañana. El ambiente era sofocante hasta tal punto, que se podían apreciar los vahos de calor escapando del asfalto a punto de derretirse. Una sensación de pegajosa humedad se adhería a la piel, uniéndose íntimamente con los riachuelos de sudor constante que se escapaban por todos los poros.
Las noches eran aún peores. La temperatura daba un pequeño respiro pero la humedad no. Por tanto, el aire cargado e irrespirable, hacía imposible el descanso nocturno.
La única manera de luchar contra el insomnio provocado era permanecer delante de la ventana, con la esperanza de cazar al vuelo alguna pequeña ráfaga de aire y degustarla con deleite.
Este tipo de condiciones atmosféricas fomentan un duermevela muy especial. Un micro sueño que solo se da, auspiciado por un cansancio extremo. Es tener todas las funciones corporales a tope menos una. El cerebro entra en una especie de stand by que genera una huida de los pensamientos a regiones fuera de lo racional.
Situaciones así producen monstruos, alucinaciones que pueden ser individuales o colectivas dependiendo de la capacidad proselitista del paciente cero, el primer individuo atacado por ella.
En este caso, el paciente cero, era muy sensible a la enfermedad. Operario de una fundición, adolecía de manera especial de agotamiento, debido a las duras condiciones de su oficio.
Llevaba días sin que un sueño reparador de ocho horas lo acompañara. Su estado físico y mental era perfectamente reconocible en el color macilento de su piel y en las sombras oscuras que adornaban unos ojos hinchados y enrojecidos.
El domicilio de nuestro hombre poseía un gran ventanal, un ojo indiscreto que se abría a una pequeña plaza rodeada de otros edificios. Una noche, desesperado, se apostó con una silla ante el, en un intento poco eficaz para luchar contra la canícula.
Hipnotizado, miraba sin ver la placita central, agujero negro del que solo se distinguían las sombras de los escasos árboles rodeados de un sutil velo de niebla. De repente, una sombra captó la atención de sus ojos semicerrados.
Se trataba de un hombre cubierto con algo parecido a una gabardina y que cargaba un bulto a su espalda. Debía ser algo pesado pues, le obligaba a caminar despacio y tremendamente inclinado hacia adelante.
Era difícilmente entendible que alguien tuviera capacidad para realizar ese esfuerzo sin dejarse influir por las condiciones climatológicas extremas.
Muy sorprendido hizo lo que todos cuando nuestro cerebro no puede creer lo que nuestros ojos ven, mirar alrededor por si alguien más había sido testigo de la extraña aparición.
Y sí, justo a la misma altura, en el edificio de enfrente, llego a ver en el momento en que se apagaba una luz, como una sombra se escondía tras la cortina.
Se acerco más al borde del vano abierto y, comprobando que se le viera bien, hizo un gesto al otro testigo.
Comprobó que había sido visto cuando la sombra, apenas distante, se movió rápidamente. Un momento después se encendía la luz del piso vecino. El inesperado resplandor dejó ver a una chica de unos veintitantos años, despeinada y sorprendida, que se había cubierto con una fina bata, de manera precipitada.
- ¿Has visto eso?. Le preguntó él en un tono alto pero comedido.
- Sí, claro. Raro ¿no?. Contestó ella con el mismo volumen.
Inmediatamente los agujeros negros que horadaban las fachadas de los bloques cercanos empezaron, poco a poco, a transformarse en luciérnagas que acabaron inundando de luz el lugar del extraño avistamiento.
Decenas de personas iniciaron una discusión generalizada donde se lanzaron todo tipo de conjeturas sobre la naturaleza de la aparición.
Hubo innumerables opiniones, pero la más generalizada era la que apostaba por algún tipo de sátiro nocturno que, amparado por la oscuridad, transportaba en un saco a la víctima de sus más bajos instintos.
Al final, tan solo consiguieron llegar a un consenso. A la noche siguiente todos permanecerían vigilantes. Si el individuo volvía a aparecer, al encender las luces a la vez, dejarían al individuo sorprendido y expuesto. Entonces caerían sobre él y le detendrían para entregarlo inmediatamente a las autoridades pertinentes.
Sorprendentemente, los acontecimientos se desarrollaron tal y como habían sido programados. El único que no cumplió con el guion fue el sátiro que, bajo el resplandor brillante de decenas de bombillas, quedó reducido a un operario del servicio de limpieza. La sospechosa gabardina se convirtió en un impermeable con el logo de su empresa y el saco donde supuestamente cargaba a su víctima, en una enorme manguera que el sujeto utilizaba para regar las calles.
Al ver esto, la tensión se relajó a través de una carcajada generalizada. El operario de la limpieza siguió su camino con un movimiento incrédulo de cabeza y los vigilantes permanecieron unidos mediante una conversación que se fue extinguiendo poco a poco.
¡Esta bien, esta bien!. ¿Decepcionados por el final?. Mi imaginación también desapareció con la luz de las ventanas pero haré un esfuerzo más. Solo para satisfacer a los más exigentes.
Al día siguiente la ciudad fue atacada por enormes tormentas. Rayos y truenos que presagiaban el fin del mundo. Cielos negros que, al abrirse, dejaban escapar litros y litros de agua.
Cuando todo se hubo calmado, el ambiente se había refrescado mucho, proporcionando así a los insomnes una tregua para poder recuperar el sueño perdido.
La placita volvía a estar en penumbra y, los ojos vigilantes que la habían acompañado, disfrutaban hoy de un descanso reparador.
De repente apareció, como la noche anterior, una sombra vestida con un impermeable y un saco pesado a su espalda. Pero esta vez pasó algo diferente. El prisionero del saco consiguió deshacerse de la mordaza y emitir un grito ahogado de socorro.
El sátiro bajo el bulto, cogió una enorme piedra y le asesto a la carga un tremendo golpe que no solo acalló los gemidos, sino que produjo una gran mancha oscura en la tela.
Al momento volvió a cargarlo a su espalda y desapareció. Todo esto se desarrollo sin testigos, como muchas noches anteriores a esta cuando, el calor, no propiciaba testigos indeseados.

miércoles, 9 de mayo de 2018

El andén




¿Quién es Alejandro?.
¿Cuál es su ocupación en la vida?.
¿Es padre de familia o soltero empedernido?.
¿Tiene escáner multifunción y teléfono última generación o escribe con un lápiz y un papel mientras cuida de las cabras en la montaña como nuestro amado Miguel Hernández?.
¿Es un trozo de pan o malo de cojones?.
¿Es un asesino en serie o Aníbal el caníbal?.
¿Es la reencarnación de Vicente Ferrer o la de Emilio Botín?.
Aquella mañana, cuando tuve mi primera toma de contacto con él  no sabía nada de esto.
Fue hace mucho tiempo, cuando aún trabajaba en un sitio normal. Después el destino me llevó a habitar esas zonas de guerra llamadas polígonos. Páramos dejados de la mano de Dios y de los Ayuntamientos, dónde campan sin control, locos al volante de todo tipo de vehículos pero, sobre todo, enormes gigantes cargados de mercancías diversas. Son lugares de difícil acceso, unidos unos a otros, en cadenas interminables, por vías que compiten entre ellas para ganar el dudoso honor de ser el peor punto negro de la Red de Carreteras del Estado.
Pero aquella mañana yo esperaba el tren.
Era una feliz usuaria del transporte público, sentada cómodamente en uno de esos espectaculares bancos que Renfe pone a nuestro servicio. Intentaba leer mientras mis ojos y mi mente mantenían una lucha a muerte contra el sueño que se había empeñado en quedarse conmigo.
De repente, alguien se sentó a mi lado. Miré molesta, comprobando que, mientras el largo asiento permanecía vacío, el tipo, sí, era un tipo, se había colocado tan cerca de mi que casi nos rozábamos. Por instinto de veterana en el transporte público, comprobé que mi bolso estaba cerrado y a buen recaudo.
Volví a centrarme en la historia de la que intentaba, sin mucho éxito, quedarme atrapada, ya que mi improvisada pareja no paraba de moverse y suspirar, golpeándome el codo de la mano donde sujetaba el libro. A la tercera vez le dirigí una mirada enfadada, con la intención de hacerle notar el fastidio que empezaba a crecer en mi interior.
En cuanto lo hice tuve aquella terrible sensación de lo inevitable. No tenía la menor intención de empezar una conversación vanal con mi vecino de asiento, no me apetecía esforzar mis cuerdas vocales, vagas a aquella hora, para destripar, de la manera más tonta, el parte meteorológico. Pero él era de aquellos que solo esperan un cruce de miradas fortuito para hacerte prisionero de una charla que no tiene ningún sentido.
-Hola, ¿qué tal?..
“¡No me jodas hombre. Te crees que yo tengo ganas de escuchar tonterías a estas horas de la mañana!”. Pensé mientras sonreía con educación, como me enseñó mi santa madre.
-Hola. Contesté.
Señalando mi libro con un gesto de la cabeza pregunto:
-¿Interesante?.
-No está mal.
Y volví a centrar mi mirada en las páginas que tenia delante. "Aunque se hunda el mundo no levanto más la cabeza", pensé.
Extinguida la minúscula conversación, apenas note que, aburrido, se alejó en busca de otra víctima más dispuesta que yo.
Al momento, oí por megafonía que, con su puntualidad habitual, el tren haría su entrada en la estación con solo veinte minutos de retraso.
De golpe, chirriar de frenos, toque ensordecedor de sirena, gritos. Alguien había decidido acabar con su vida aquel día, a aquella hora, en aquella estación.
Nos desalojaron y, mientras esperábamos en la puerta al autobús que había de sustituir al tren que ya no podía circular, los servicios de emergencia sacaron al desgraciado en una camilla y tapado por una manta.
Al ver sus zapatos, reconocí al hombre que había estado sentado a mi lado unos minutos antes. El tiempo que había permanecido con la cabeza enterrada en mi lectura me había permitido observar hasta el último de sus detalles.
Al mismo tiempo, oí una voz que decía “Alejandro García, de 30 años, según informa la policía".
Cuando llegué a mi casa aquella noche aún no había conseguido sacarme de encima la sensación de estupor. Es difícil hacerse a la idea de que alguien con quien hemos estado hablando, muera en un instante. La experiencia de la mañana había sido mucho peor. ¡Mi vecino de asiento se había lanzado delante del tren a los pocos minutos de hablar conmigo!.
Tardé mucho tiempo en deshacerme de la paranoia que me provocaba el hecho de que alguien se situara a mi lado en el andén.
Un año después, misma estación, misma hora, mismo banco, diferente libro, ¡no soy tan lenta!, mismo día.
Otra vez aquella sensación de proximidad excesiva en un banco vacío. Miro y allí estaba, Alejandro García, 30 años.
Me puse blanca. Abrí la boca para gritar y solo conseguí una bocanada de aire que no conseguía pasar por mi garganta cerrada.
El se dirigió a mi en el mismo tono de la vez anterior:
-Hola, ¿qué tal?..
Señalando mi libro con un gesto de la cabeza preguntó:
-¿Interesante?.
Yo seguía mirándolo con la boca abierta y cara de espanto. De repente se levantó y se dirigió a la vía cuando el tren hacía su entrada en la estación.
Encontré mi voz y salí corriendo y gritando en pos de él mientras los otros usuarios me miraban como si me hubiera vuelto loca.
Otra vez chirriar de frenos, sirena y gritos.
Todo el mundo corrió al borde del andén, capitaneados por mi que les sacaba un cuerpo de distancia. Ya era tarde, sus piernas y sus pies, enfundados en los zapatos que tan bien recordaba, sobresalían por debajo del cuerpo de la maquina. Y entonces, oí una voz a mi espalda que decía:
-¡Alejandro lo ha vuelto a hacer!.
Me compré un coche y busqué una empresa situada en un polígono.




domingo, 6 de mayo de 2018

La sirena




Se llamaba Santi. Era un muchacho agreste como la tierra que le vio nacer. Desde pequeño, correteaba por los acantilados cercanos a la cabaña donde vivía con sus padres. El sonido constante del mar embravecido le había acompañado siempre.
Era hijo y nieto de pescadores. Atuneros que se jugaban la vida en una de las artes de pesca más peligrosas. Su abuelo materno murió en el mar como cientos de marineros antes y después que él.
Las mujeres de la familia de Santi cosían redes desde tiempo inmemorial y, cuando los barcos se hacían a la mar, acudían al puerto cada día a la misma hora hasta que todos sus hombres volvían sanos y salvos.
Las ganancias eran dispares. A veces podían permitirse pequeños lujos, otras, las más, pasaban algunos agobios económicos. Pero, en general, Santi no había pasado ninguna necesidad básica.
Cuando cumplió trece años empezó a salir a pescar con su tío Jaime. El barco de tío Jaime era pequeño, contaba solo con tres tripulantes. Realizaba pesca de bajura y capturaba sardinas y boquerones a 60 millas de la costa. Salían antes que el sol y volvían a media tarde. Era una buena forma de aprendizaje y entrenamiento por la que habían pasado todos sus antepasados antes que él.
Al muchacho le encantaba esta actividad y era feliz al lado de su tío. Era un hombre bajo y corpulento, con un hermosa barba blanca y unos ojos pequeños y enterrados en su cara plagada de arrugas, achicharrada por el sol y la sal del mar.
Jaime era un pozo inagotable de sabiduría, experiencia y poseía millones de historias, leyendas y anécdotas que contar. Era atemporal, nadie sabía exactamente la edad que tenía, todos lo recordaban desde siempre como era ahora.
Santi lo adoraba, desde pequeño cuando su madre se lo llevaba al puerto y le dejaba corretear libre. El niño era la mascota de los marineros en dique seco. Pero él siempre iba a buscar a tío Jaime. Él le encargaba pequeños trabajitos que hacían que el niño se sintiera útil e importante. Mientras, le iba desgranando con su voz profunda como el océano narraciones que provocaban sueños plagados de aventuras en la noche infantil.
Uno de ellos se convirtió, con el tiempo, en realidad. Era su gran secreto. Había conocido a una sirena.
En uno de los salientes más altos del pueblo había una mansión. Dependiendo de la orientación con que la miraras, parecía flotar por encima de la espuma blanca del mar. La forma de barco de la construcción apoyaba esta sensación. Era la casa del Señor Andia, dueño de la flota de barcos de pesca de altura para el que trabajaban casi todos los hombres de la pequeña población.
El Señor Andia emigró a Cuba en su juventud. Volvió a su pueblo natal diez años después con una gran fortuna y una hermosa mujer. La señora Andia era un espíritu libre con una sonrisa perenne en su cara. Vestía siempre de blanco, color que hacía resaltar lo oscuro de su piel tersa y brillante. Era amable y cariñosa con todo el mundo. Enamoraba con la calidez y cadencia de su voz, adornada por un acento desconocido para sus convecinos.
El matrimonio se instaló en la ciudad originaria del marido y él usó su fortuna para montar un negocio que, a parte de darle pingües beneficios, ayudaba a las pobres familias del pueblo a tener una vida más digna.
Poco tiempo después nació la sirena. Se llamaba Marina. Había heredado el pelo rubio y los ojos azul mar de su padre. El conjunto contrastaba con la piel oscura legado de su madre. A ella también debía su voz dulce, su amor incondicional por la naturaleza y su amabilidad.
A Marina le gustaba escalar entre las piedras resbaladizas de los acantilados. Sentarse y observar el horizonte. Ver la espuma del mar burbujear a sus pies y sentir en la cara la humedad de las pequeñas gotas que estallaban contra ella.
Toda su infancia había permanecido enclaustrada en el recinto de su hogar, tenia prohibido ir más allá del jardín y un ejército de niñeras se encargaba de tenerla vigilada. Sus padres vivían con ese terror que aqueja a los que solo tienen un hijo. Su nacimiento había sido un milagro por los problemas en el parto de su madre lo que provocó que la pareja no volviera a ser bendecida con la paternidad.
Pero cuando la niña cumplió trece años ya no pudieron retener más sus ansias de libertad. Su necesidad de espacios abiertos.
Se escapaba al amanecer, cuando la casa aun estaba silenciosa. Un día todo fue diferente. La bruma matinal lo envolvía todo dando al mundo un aspecto fantasmagórico. Marina llegó al pie de las rocas y se sentó a esperar para contemplar la imagen más espectacular que la naturaleza puede regalar. El inmenso mar de color azul oscuro, la niebla espesa flotando en su superficie y por encima de todo, el disco enrojecido de un sol recién nacido que escala, con dificultad, hasta alcanzar su sitio en el cielo. El astro crece y amarillea, sus rayos intentan herir el muro gris de la calima hasta conseguir penetrarla. De repente, todo se llena de pasadizos de luz, aclarando el horizonte y degradando el color de las aguas. Y por fin, el disco solar gana y el telón lechoso que tapa el horizonte desaparece permitiendo que el mar y el cielo se abracen.
La niña permanecía absorta rodeada por restos de niebla mezcladas de luz flotando a su alrededor. Santi la descubrió allí sentada y creyó que era una aparición. No le veía las piernas así que, se detuvo bruscamente convencido de que estaba contemplando a una sirena.
La observó de lejos durante el tiempo que duró la salida del sol, hipnotizado por la suavidad de sus movimientos, la dulzura entusiasta de su expresión, la luz de sus ojos. La amó desde ese mismo momento. El mundo que le rodeaba dejo de existir y supo que ya no podría seguir viviendo si no era junto a ella.
Cuando vio que se levantaba ya no fue capaz de darse cuenta de que no era una sirena. Simplemente, para él, siempre lo sería, su sirena, aquella que con su canto había conseguido hacerle embarrancar contra los acantilados del amor deteniendo así su navegar errático.
Durante semanas se acercó al mismo lugar para deleitarse viendo a Marina iluminada por los primeros rayos del sol, pero nunca se acercó. Nunca se atrevió a estropear con su presencia el ritual de la sirena. Por las noches la soñaba sentada en un saliente, rodeada de un mar embravecido mientras, serena, cepillaba su hermoso cabello rubio.
Pero la vida manda. Un día la niña no estaba en el sitio de siempre. Ni al siguiente, ni al siguiente, ni al siguiente...
Pasaron los meses. Santi se paseaba como alma en pena por los acantilados durante horas, llorando la perdida de su amada. Ya no iba a pescar con tío Jaime. Sus padres, preocupados, le vieron adelgazar y entristecer de tal manera que temieron que contrajera alguna enfermedad grave.
Su padre siempre había imaginado un futuro más prometedor para Santi que el del resto de sus familiares. Tenía la esperanza de poder enviarlo a estudiar a la escuela naval, allá en la capital. Su esposa y él habían escatimado durante años de la economía familiar consiguiendo así ahorrar el dinero necesario. ¡Su único hijo debía llegar a marino mercante!.
Habían esperado un tiempo para que el chico disfrutara de su libertad antes de enterrarse entre libros. Pero dada la situación acontecida los últimos meses, los padres de Santi pensaron que, un cambio de aires y tener la cabeza ocupada curaría los males de su espíritu.
Cuando este recibió la noticia se alegro sobremanera. Quería huir, necesitaba alejarse de aquel lugar. Dolía infinitamente el paso de los días, de las horas vacías, huecas, sin ilusión. Sus ojos se secaban de permanecer abiertos, de buscar desesperados, de anhelar el sustento, la energía vital que les daba vida, que los hacía brillar y sonreír. La imagen de su sirena.
Sorprendió a todos la celeridad con que tuvo sus cosas listas para viajar inmediatamente. Les entristeció la alegría con la que partió a su nueva vida sin mirar atrás.
¿Y Marina? ¿Cuál fue el motivo que provocó su súbita desaparición?.
Si nos paramos a pensar, descubrimos cómo, de manera sorprendente, hay personas cuya vida corre paralela a la de otra. Aunque sus entornos sean diferentes, las circunstancias que adornan sus caminos son similares. Parecen estar destinados a encontrarse y que sus futuros se superpongan.
Pero el azar es caprichoso y a pesar de que puedan cruzarse mil veces, jamás llegan a conocerse.
Marina era para sus padres la llave que les daría acceso a la alta sociedad. Su extraordinaria belleza, complementada con una educación exquisita la capacitaría para encontrar un marido perteneciente a la élite de la ciudad. El acceso a este hermético y selecto grupo estaba vedado para un nuevo rico como el padre de la chica. Por eso decidieron enviarla a uno de los internados para señoritas más prestigioso de Suiza.
Con lo que no contaban era con la resistencia de ella. La niña se negaba en rotundo a alejarse de su ciudad, de su país. Pero, sobre todo, no podía soportar la idea de estar lejos de ese mar que era el alimento de su alma.
Durante días se negó a comer y a salir de su habitación. Por fin sus padres, temiendo que todo aquello acabara en tragedia, buscaron una solución en forma de colegio, con el mismo prestigio que el Internado suizo, pero situado en la capital.
Y así, sin saberlo, nuestros dos protagonistas estaban más cerca que nunca. Ambos permanecieron en la ciudad durante años, cada uno absorbido por sus ocupaciones. Los dos optaron por no volver a sus casas en las fiestas o en las vacaciones. Se movieron en los mismos ambientes, iguales para todos los estudiantes. Asistieron a las mismas fiestas organizadas por amigos compartidos.
Pero el caprichoso azar no quiso que sus miradas se cruzaran, evitó que sus manos chocaran al elegir el mismo vaso, no permitió que alguno de esos amigos comunes les presentara, impidió que él recogiera del suelo aquel objeto que ella dejara caer torpemente.
Acabada su carrera, Santi volvió al pueblo. Se despidió de sus camaradas y profesores con pena. Era querido y admirado por todos aunque siempre fue tímido, callado y triste, sobre todo triste. La matrícula de honor conseguida en sus estudios le permitía elegir destino y antes de decidir su alma le exigía intentar encontrar a su sirena. Debía hablar con ella y transmitirle los sentimientos que guardaba en su corazón, intactos, como el primer día que la descubrió sentada en el borde del acantilado.
Le recibieron con una gran fiesta. Todos sus vecinos querían demostrarle el orgullo que sentían. Era el primero de ellos que conseguía escapar de la miseria y salir de allí, viento en popa, hacia un futuro prometedor. Santi estaba feliz por primera vez, el cariño de su familia y paisanos le inflamaban el alma.
Pero, de repente, algo que oyó llamó su atención:
- Mira que casualidad, en la casa grande también están de fiesta. Celebran el compromiso de la niña Marina con un pez gordo de la capital. Un banquero viejo pero muy rico y perteneciente a una de las mejores familias del país. ¡Una pena enterrar así a esa sirena!.
Todo se oscureció a su alrededor. ¡Tenía que ser ella!. ¡Tenía que ser su sirena!.
Corrió, corrió, corrió...
No podía permitir que todo acabara antes de empezar. No podía dejar que la vida siguiera antes de decirle todo lo que su corazón sentía. No le importaba que ella pensara que era un loco. ¡Moriría en ese mismo momento si no podía verla otra vez, si no podía hablar con ella!.
No necesitó llegar a la casa grande. Al pasar por el acantilado la vio allí, de pie, estática, acariciada con delicadeza por el sol y la brisa.
La llamó de lejos. No quería asustarla. Aún así, la niña se estremeció antes de girarse.
Santi se sintió bendecido al recibir la dulce luz de sus ojos azules, al oír el claro y amable sonido de su voz.
- Hola, ¿me conoces? ¿quién eres?. Me suena tu cara.
- Marina, no hables, solo escucha. Me llamo Santi, soy hijo de uno de los pescadores que trabaja para tu padre. Probablemente nunca has reparado en mi pero yo te amo desde que era un niño. Un día te vi ahí, donde estas ahora, observabas mientras el sol hacía una magistral aparición en tu honor, el mar retiraba sus aguas en una reverencia para ti, los pájaros te rodeaban acunándote con su canto pero sin tocarte, para no conturbar tu concentración. En ese momento, mi alma escapó de mi y se quedó contigo para siempre. Sé que te voy a pedir algo imposible, que vas a tener la tentación de salir corriendo pero, por favor, vente conmigo. Intenta amarme aunque sea un poco. Devuélveme el gusto por respirar, el ansía de vivir, la felicidad..
Marina no pareció sorprenderse. Se acercó lentamente, le acarició el pelo con cariño.
- Lo sé. Sabía que me observabas todos los días desde los matorrales. Me sentía halagada pero era una niña, no me atrevía a decir nada, me daba vergüenza. Ahora es tarde, Santi. Mis padres requieren de mi ayuda. Las cosas no han ido bien últimamente. Necesitan dinero si no perderán el negocio y muchos hombres, buenos hombres como tu padre se quedarán sin trabajo, sin poder mantener a sus familias. Debo casarme con ese banquero. Nos equivocamos, mi amor. Perdimos el tiempo, nos dejamos manejar por el azar. Te eché de menos pero, tu alma, me hizo compañía todo este tiempo.
Las lágrimas rodaban inagotables por la cara del muchacho. La sensación de pérdida era tan grande, tan honda, que le ahogaba.
Ella las limpió con dulzura. Le beso levemente. Sujeto sus manos un momento. Luego dio un paso atrás.
- Algún día, querido. Algún día uniremos nuestros cuerpos y caminaremos juntos hacia el amanecer.
Eligió un destino. El más largo, el más alejado que había disponible. Se embarcó en un rompehielos que viajaba a la Antártida y que permanecería tres años en navegación. Sus padres le despidieron con pena en el puerto de la capital. Pero solo el cuerpo de Santi zarpaba aquel día pues, su alma, su corazón, todo él se había quedado al lado de su amada.
Una noche, una tormenta infernal atacó al barco. Los rayos lo iluminaban todo como si fuera de día. Las enormes olas batían la cubierta arrasándola a su paso. Los marineros corrían arriba y abajo sujetándose a lo que podían. El gran buque estaba siendo zarandeado como una cáscara de nuez.
De repente, uno de los miembros de la tripulación empezó a gritar y a señalar hacia la proa. La luz cegadora de los rayos permitían ver a un hombre que, a pie firme, se enfrentaba a los elementos. Su cuerpo emergía casi por completo de la parte más sobresaliente del barco, a merced de los vientos y las aguas embravecidas.
Los marineros empezaron a llamarlo intentando sobrepasar con sus voces el rugido ensordecedor del mar. Pero era inútil.
Y, antes de que consiguieran llegar hasta él, una gran ola se lo llevó.
Sus padres recibieron sus efectos personales y una carta del capitán transmitiéndoles su pésame y su confusión. No entendía porque Santi estaba allí en mitad de la tormenta.
En el cementerio del pequeño pueblo de pescadores volvieron a coincidir dos ceremonias. El funeral en honor del chico Santi y el de la niña Marina que, volviendo en coche a su casa de la capital en mitad de un terrible aguacero, había perdido el control y se había despeñado. El mismo día que él, dos horas antes que él.
Y el azar quiso que, años después, un escultor al que habían encargado un monumento para la nueva plaza, creara una estatua de mármol. En ella, dos protagonistas, un marinero azotado por el viento en la proa de un barco que observaba a una sirena sentada en un risco. Ella, serena a pesar de las aguas embravecidas a su alrededor, cepillaba su largo cabello.

miércoles, 25 de abril de 2018

¡Agua! VII





Capítulo 6. Origen.

- Bien. Charly me describió como, supuestamente, se llevaban a cabo los secuestros. Nada que nosotros no p imaginado ya. También me indicó la victimología que también coincide con nuestras teorías basadas en lo que sabemos de las chicas.
El sargento se impacientó.
-¿De qué demonios sirve todo eso, Bobby? Esa información está al cabo de la calle. No veo que sea un motivo para mutilar y matar al desgraciado.
- ¡Relájate!. Aún no he acabado. Guardo lo mejor para el final.
Micke bufo y se dio una palmada en la frente que agradecí que no fuera destinada a mi. Decidí no jugar más con su paciencia. La próxima vez no iba a tener tanta suerte.
- Por un lado, afirmó que a las chicas las usaban durante un tiempo antes de matarlas. Confirmó nuestras sospechas de que eran torturadas en una especie de bacanal de sangre y violencia. También me aseguró que estas "fiestas" estaban financiadas por gente muy importante. Un dato sumamente importante fue que me dio a entender que los cadáveres encontrados solo son la punta del Iceberg. Parece ser que han conseguido protección muy poderosa por lo que ya no se molestan en hacer desaparecer los cuerpos.
Un grito de triunfo me hizo dar un salto de espanto en el sillón. Estuve a punto de dejar caer la copa que sujetaba en la mano.
- ¡Dupont!. ¡Te lo dije!.
- ¡Espera, espera!. Charly no nombró a nadie. Lo único que dijo cuando le pregunté por donde rondaban esos tipos fue: 
"He oído por ahí que son lobos caminando entre lobos con traje y corbata".
- ¿Dijo si sabía quienes eran?.
- No. No concretamente. Tan solo que no eran americanos. Corre el rumor de que son del Norte de Europa.
- Del Norte de Europa. ¿Como por ejemplo?.
- Por el tipo de crueldad de la que hacen gala estos tipos, me inclinaría por alguna zona de Rusia.
Se quedó pensativo un momento:
- Sí, es muy posible. He conocido sicarios terribles provenientes de esas zonas. Hacen cualquier cosa por dinero. Y cuando digo cualquier cosa es, aun, más terrible de lo que parece.
- Estaría bien que averiguaras en inmigración sobre la entrada de hombres desde esa zona. No sabemos cuantos son pero uno, seguro que no. Lo que pasa es que quizá no hayan llegado juntos. Probablemente lo han hecho en parejas o solos pero tienen que provenir todos de la misma región.
- Hablaré con un contacto que tengo en ese departamento.
Miré a Micke curioso por un momento.
- Por cierto amigo, ¿no ibas a explicarme algo sobre tu encuentro con el par, nuestro estimado señor Dupont?.
La cara del sargento se endureció. 
- Bueno fue correcto, frio y cortante. Como era de esperar.
- ¿Y me puedes explicar a que se debió esa visita?. No tenemos nada de que acusarle, ni siquiera podemos amenazarlo con una investigación. ¡Esa jugada solo sirve para ponerlo sobre aviso!.
- Hace unos días me llegaron noticias de que Dupont pertenecía a uno de esos clubs para caballeros. Ya sabes, donde se reúnen los poderosos para decidir el futuro del mundo entre comilonas, puros y copas. Pero, este en concreto, ha empezado a adquirir fama de siniestro.
- ¿Por?.
- Bueno, es muy hermético y eso hace volar la imaginación de la gente. Con esa excusa fui a verlo. Me tiré el farol de que tenía información sobre que se cometían actos ilegales al amparo del anonimato y el secretismo.
- ¿Y?.
- Se evadió. "No se nada. No pertenezco a ningún club. Mi vida es transparente como agua de manantial". Y por último, "la próxima vez que me moleste sin motivo se come un expediente", pero no con esas palabras, claro.
Me quedé pensativo por un momento.
- Micke, creo que acabamos de encontrar la guarida de nuestros asesinos a sueldo. Tengo un contacto en las altas esferas que me debe un favor enorme. Le sondearé a ver que consigo.
Asintió con la cabeza. Luego me miró como si fuera un desarrapado sin techo.
- ¿Qué vas a hacer ahora?. ¿Te vuelves a lo de Dora?.
- No. No la quiero comprometer y ella tiene mucho miedo. En esta ciudad hay suficientes nidos de ratas como para pasar desapercibido durante un tiempo largo.
Nos dirigimos hacía la puerta. Micke me estrecho la mano con fuerza.
- Estaremos en contacto. En cuanto tengas un teléfono donde te pueda localizar, avísame. Y, Bobby... si te vas a quedar en uno de esos nidos de ratas, lávate bien antes de venir.
Me invadió la cólera.
- ¡Hijo de mala madre! Reza a tu pelirrojo Dios escocés para que no aparezca con el primer desarrapado lleno de mugre que me encuentre por ahí.
Se atragantó con su risa.
- ¡No te ofendas, hombre!.
Acabé sonriendo y nos despedimos cada uno con unos objetivos que cumplir.
Parecía que todo empezaba a encajar. Teníamos una cronología concreta de unos hechos que, al principio, parecían aislados y sin conexión. Habíamos conseguido por primera vez hacer corpóreos a unos fantasmas que, hasta ahora, habían conseguido pasar desapercibidos.
Las víctimas de todo este complot eran presas fáciles pues la juventud y la inexperiencia las hacía confiadas. Además, eran difíciles de rastrear ya que procedían de regiones lejanas y, al haber huido de sus casas, permanecían al margen de la sociedad por lo que nadie las reclamaba.
Habíamos conseguido estructurar un caso que, aunque pudiera parecer poco tangible iba adquiriendo solidez poco a poco..
Pero no podíamos probar absolutamente nada, ni siquiera que las asesinadas hubieran perecido a manos de los mismos asesinos en un delirante negocio de sangre, muerte y crueldad.
No teníamos ni la más mínima idea de por donde empezar a rastrear a la mano ejecutora en todo este asunto pero, por lo menos, de una búsqueda que abarcaba todo el globo terráqueo el origen de nuestros sicarios se había reducido considerablemente. Al no ser americanos conseguiríamos encontrar la punta del hilo del que tirar porque inevitablemente sus costumbres diferentes acabarían llamando la atención. El hecho de que se sintieran cada día más seguros jugaba a nuestro favor, ya no eran tan cuidadosos a la hora de ocultarse.
Al salir del edificio por el sitio habitual algo me llamó la atención. Me pareció ver a alguien que se ocultaba en las sombras. Intenté que mi perseguidor se confiara dirigiéndome a mi coche como si no hubiera notado nada. El tipo se descuidó y la luz del callejón le iluminó momentáneamente. Estaba extraordinariamente cerca de mi espalda. En una acción que intentaba ser lo más sorpresiva posible, me giré bruscamente y estiré el brazo hacía donde había vislumbrado al espía. Conseguí agarrar su manga y tiré fuertemente. Billy el tuerto apareció frente a mi.
Era un tipejo repugnante. Miedoso y rastrero, era capaz de vender a su madre por un par de dólares. Alto y muy delgado, tenía una cara amarillenta en la que destacaba el parche negro en su ojo izquierdo. 
Se puso pálido y empezó a sudar. Tartamudeaba cuando se dirigió a mi.
- ¡Ei, Bobby! Que casualidad encontrarte por aquí.
Le miré con todo el asco y el desprecio que podía poner en mi expresión.
- ¿Te crees que soy tan imbécil como tú?. Ya me estás diciendo quien se ha gastado la pasta en pagar a semejante inútil o vas a necesitar otro parche.
- ¡No te enfades, hombre!. Le temblaba hasta el sombrero que amenazaba con caer de su cabeza. Oí que los hombres de Calbin pagaban por cualquier información sobre ti. Alguien les ha chivado que habías vuelto a la ciudad.
El suelo bajo mis pies hizo intención de abrirse. Me serené lo suficiente para que el traidor no notara mi miedo.
- Bien gusano, pues ahora vas a ir a ver a tus jefes y les vas a decir que la información que han recibido es falsa. Que no he salido de mi paraíso mejicano. Y espero que seas convincente porque, si no, voy a dar de comer tus vísceras a los perros.
- ¡Pero Bobby, si los gorilas de Calbin se enteran que les he mentido me harán una corbata con los intestinos!.
Lo miré como si fuera un residuo de perro en mitad de la acera.
- Con ellos iras solo. Conmigo vas a ir acompañado de tu putita yonky.
Billy tenía una querida tan desagradable como él. Era un espectro que perseguía a los clientes que huian al verla como de la peste. Pero él babeaba detrás de ella como si fuera Marilyn Monroe.
- ¡Espera, espera! A Lucky no la toques.
No pude evitar sonreír. Un nombre muy adecuado para alguien con el currículum de la susodicha.
- Depende de ti. Le dije fríamente.
Se rascaba la cabeza de manera compulsiva hasta que el sombrero se le cayó al suelo. 
- Está bien. Claudicó mientras se inclinaba a recogerlo.
Luego adoptó una expresión de venganza.
- Pero vigila tu espalda porque Calbin a puesto un precio muy alto por tu cabeza. 
Dicho esto salió corriendo y desapareció girando la esquina.
De repente todo se había complicado terriblemente. Ahora los hombres de Calbin sabían que estaba más cerca que nunca y no iban a perder la oportunidad de encontrarme. Los nidos de ratas quizá no fueran suficientes.
Continuará...








lunes, 23 de abril de 2018

Por Dignidad





Y lo sé, lo supe siempre, que se acuesta con cualquiera, pero la conocí hace mucho tiempo y, desde entonces, se convirtió en mi refugio, mi salvación. Es el cimiento sobre el que se asienta mi vida, fuerte, inamovible. Es mi oxígeno para respirar. Es la brújula que me señala el Norte y que hace recto mi camino. Es mi cura en la enfermedad, la alegría de mi tristeza infinita, negra, constante. Es el hilo del que pende mi existencia. Es la luz que persigo y que me obliga a seguir recorriendo el sendero. Cuando ella no está, solo quiero tumbarme al costado y dormir para siempre.
Mi amor me concedió el privilegio de ser su compañero. Me eligió por encima de todos los demás. Me quiso en su día a día. Prefirió que fuera yo el guardián de sus virtudes escondidas. El que satisficiera sus necesidades terrenales. El único testigo de su frustración o su tristeza. El que curara las heridas de sus excursiones nocturnas. El que, con amor, aplacara el hambre que otros hombres no podían saciar.
Teníamos 15 años y ella era la reina del Instituto. Los chicos la perseguían constantemente y las chicas peleaban por ser sus amigas. Era popular, extraordinariamente bella, su voz profunda y sus gestos naturalmente sensuales nunca pasaban desapercibidos.
Yo, en cambio, era aquel chico oscuro, un alma tibia e insignificante. Un estudiante mediocre, un ser humano mediocre. Trataba de esconder mi cara anodina tras unas enormes gafas de culo de botella. Nadie me veía, nadie reparaba en mi.
Ella estaba allí en lo alto, muy lejos de mi.
Pero yo podía distinguir la luz febril de sus ojos. La ansiedad de la búsqueda constante de una paz que nunca se consigue. Que es esquiva como el amor verdadero.
Y un día, la encontré tirada en un callejón, sucia, borracha, mortalmente triste, sumergida en un llanto histérico.
- ¿Qué buscas?. Le pregunté.
- A ti. Me contestó.
Desde ese día estamos juntos.
Después de la vorágine, encuentra la paz que busca en la seguridad de mis brazos y yo vivo con el latir de su corazón emparejado con el mío.
No me molesta besar unos labios mancillados por cientos de labios anteriores a los míos. No me importa recorrer con mis manos una piel sucia de cientos de manos anteriores a las mías.
En mi cama es solo para mi y es diferente a la que está con otros. Porque esa solo me quiere a mi.
Un día se cansara de salir a buscar otros hombres y, entonces, envejeceremos juntos y felices por fin.

viernes, 20 de abril de 2018

El museo





Acababa de llegar a Barcelona. Había abandonado mi pueblo, una pequeña aldea de la provincia de Cáceres, hacía cuatro días. Corría el año 1900 y habíamos entrado en el nuevo siglo con curiosidad e ilusión. Todo el mundo decía que encarábamos una etapa llena de avances e inventos maravillosos, que iba a ser un nuevo resurgir del hombre. En cuanto puse los pies en el andén de la Estación de Francia di rienda suelta al entusiasmo que llevaba reprimiendo desde que dejé mi casa.
Me dirigí a las Ramblas de manera hipnótica. Cuando contaba diez años, unos familiares, de visita en la ciudad, me enviaron una postal de este sitio emblemático. La colgué en la pared, en la cabecera de mi camastro y me prometí que, algún día, pasearía por aquel lugar mágico.
Al llegar, encarando la avenida desde su parte más alta, la imagen que se me presentó cumplió, ampliamente, todos mis deseos.
Me puse el sombrero, encajé las manos en los bolsillos de mi pantalón y empecé a caminar bebiendo los colores, los olores, los sonidos. Intentaba aparentar ser un hombre de mundo, alguien habituado a las grandes urbes, como la mayoría del resto de paseantes.
En un momento dado, algo, en el lateral izquierdo del paseo me llamó la atención. Era un callejón que daba acceso a una plaza octogonal presidida por el edificio más increíble que jamás había visto.
Se trataba de la sede del Banco de Crédito y Docks. Una especie de inmensa caja fuerte donde las familias más poderosas de la ciudad protegían sus bienes más preciados y sus secretos más oscuros.
Estuve rondando por allí un buen rato. Había algo en aquel edificio que producía una influencia extraña en mi. No era atracción ni curiosidad. Era como si, en lo más profundo de mi alma, se asentara el convencimiento de que había llegado a casa.
Al día siguiente volví... y volví todos los días durante dos semanas. Me estaba quedando sin reservas dinerarias y, aquélla mañana, me había propuesto entrar por fin en las oficinas en lugar de quedarme fuera y preguntar si tenían algún empleo disponible. El que fuera.
Al llegar me di cuenta de que algo había cambiado desde el día anterior.
- ¡Sí, claro!, pensé golpeándome la frente con la mano. El tipo de uniforme de la entrada, el que abría las puertas a los visitantes, no estaba.
Di un salto y entre corriendo en el gran y elegante vestíbulo. El escenario me apabullo de tal manera que frené en seco.
Me acerqué tímidamente a una de las mesas repartidas por el enorme espacio.
La ocupaba un tipo delgado, con traje y corbata negros, camisa blanca de cuello duro y un pañuelo en el bolsillo superior de la americana. Se peinaba el escaso pelo oscuro con una perfecta raya recta en el centro de su cabeza apepinada.  La brillantina lo hacía relucir bajo la luz dando la sensación de estar pintado en el cráneo.
Lucía un bigotito perfectamente recortado y encerado.
- Perdone caballero. Me dirigí a el de la manera más educada que pude conseguir.
Me regaló una mirada de fastidio.
- Dime muchacho. Su voz era increíblemente grave. Tenía mucha más entidad que todo él. No parecía suya.
- Verá, me encantaría trabajar para ésta Institución. Me han hablado maravillas sobre ustedes. No quiero empezar mi vida laboral en ningún otro sitio. Aceptaré cualquier empleo que me proponga.
El tipo se quedó un momento descolocado pero, inmediatamente, su cara se iluminó.
- ¡Mira que casualidad!. Ayer mismo el portero se despidió por sorpresa y sin dar explicaciones. Vuelve a salir a la plaza y entra por la puerta de los empleados. Busca al señor Sánchez. Dile que vas de mi parte, Jordà, para ocupar el sitio de Pablo.
A las dos horas de mi irrupción intempestiva, estaba colocado en la entrada, embutido en el uniforme del tal Pablo, que olía a sudor y me quedaba grande, como el hombre más feliz del mundo, abriendo puertas y deseando "un buen día" a los clientes del negocio.
Desempeñé mi labor con entusiasmo durante un año. El mismo día que se cumplían esos 365, Jordá me llamó.
- Escucha muchacho- nunca me llamó por mi nombre- tengo una propuesta para ti. ¿Qué te parecería formar parte del personal de dentro del edificio?. Sonrió de medio lado dejándome ver el brillo de su colmillo de oro.
-¡Sería estupendo señor!.
- Bien. Paquito, el chico de paquetería, nos ha dejado. Y yo te he recomendado para ocupar su puesto. Tienes que ser limpio, educado, ordenado y trabajador. Si te comportas como Dios manda puede que un día alcances un lugar como uno de mis aprendices.
Enrojecí hasta la raíz del cabello. Nunca pensé llegar tan alto y tener un futuro tan prometedor.
- ¡Muchísimas gracias, señor Jordá. Le estaré eternamente agradecido!.
El movió su mano derecha con gesto displicente. La luz, al incidir, hizo relumbrar el diminuto diamante que coronaba el anillo de su meñique. Por un segundo, deslumbrado, me vi ocupando el sitio del señor Jordá.
- Cuando te vayas hoy, deja tu uniforme e informa a Sánchez de tu ascenso.
Me incliné hasta casi besarme los zapatos.
- ¡Por supuesto! Gracias, gracias, señor Jordà!.
Me dieron un nuevo uniforme. Esta vez, por fortuna, no olía a sudor. El problema era que este me quedaba pequeño. Las mangas de la chaqueta dejaban sobresalir en exceso las de la camisa y los pantalones no solo mostraban mis zapatos si no que dejaban al aire mis tobillos. Pero yo me sentía tan orgulloso de mi mismo que nada iba a minar mi autoestima.
Un día, cinco meses después, el señor Jordà volvió a llamarme. Mi imaginación empezó a volar. Se habían dado cuenta en seguida de lo buen trabajador que era. ¿Cuál sería mi nuevo puesto?.
- Muchacho, necesito que me hagas un favor muy importante. De el depende tu próximo salto en el escalafón. Y te aseguro que, de todos los empleados que han trabajado para la casa, tú eres el que más rápido a ascendido, con diferencia.
El pecho me estallaba de orgullo por mi mismo. Hubiera estado dispuesto para cualquier cosa que el señor Jordà me hubiera pedido. Le admiraba tanto que había empezado a adoptar su peinado. Me costaba domar mi pelo abundante y crespo pero ya lo conseguiría.
- Verás, conoces perfectamente la enjundia de los clientes de nuestra gran Institución. Debido a los grandes negocios que manejan nos pueden solicitar que les acerquemos a sus domicilios documentos de suma importancia a cualquier hora del día o de la noche. Somos como un gran servicio de urgencias.
- Sí señor, le corté. Sabía que Paquito había hecho alguno de esos encargos vitales para nosotros.
Jordà me dirigió la misma mirada que se le dedica a un insecto molesto. Supe de inmediato que no debía interrumpirlo más.
- Bien, como iba diciendo, los señores Bernat, los mejores clientes de la casa, nos han encargado que, esta noche sobre las once, les acerquemos a su palacete de la avenida del Tibidabo unos papeles que necesitan.
Te presentaras aquí a las diez, yo te los daré y tu los llevarás. Debes llamar a la puerta de servicio y entregárselos al mayordomo. Si por casualidad te invitaran a entrar, tu educación debe ser exquisita.
Me incliné ante el señor Jordà mientras murmuraba:
- No le decepcionaré. Muchas gracias.
A las diez clavadas estaba delante de la mesa de Jordà tieso mientras él revisaba los documentos. Antes de dejarme marchar repasó mi indumentaria comprobando que todo estuviera correcto. Después de decirme que, luego del encargo, podía volver a mi casa, me despidió con un gesto de la mano, como siempre.
Después de cambiar varias veces de tranvía, a las once me encontraba llamando a la puerta de servicio del domicilio de los Bernat.
Al cabo de unos minutos de espera me abrió una señorita con cofia, delantal y guantes inmaculadamente blancos. Le dije quien era y a que venía. Me hizo pasar, cerro la puerta y me dijo que esperara.
Quien volvió no fue ella si no un caballero muy alto, canoso y elegantemente vestido. Me dirigí a él lo más educado que supe. Estaba muy nervioso.
- Buenas noches señor Bernat. Me envían de Crédito y Dock para entregarle unos documentos.
El caballero me miró divertido.
- Te equivocas muchacho, solo soy el mayordomo. El señor quiere que pases, tiene un encargo para ti.
El señor era mucho menos impresionante que el mayordomo. Bajito, orondo, calvo y con un bigotito ridículo coronando una boca demasiado pequeña para su cara redonda y regordeta como un globo.
Sentado en un enorme sillón orejero al lado de la chimenea, sostenía una copa en la mano.
Me miró impaciente.
- Dame, dame. Me apremió.
Dio una hojeada rápida a los documentos, saco una pluma de oro del bolsillo superior de su chaqueta, firmó algunos de ellos y me los devolvió.
- Ya he enviado recado a Jordà. Te está esperando en las oficinas. Eso debe quedar en mi caja de seguridad esta misma noche.
Antes de darme cuenta, volvía a estar delante de Jordà. Entre una cosa y otra ya eran las dos de la mañana y yo aun no había cenado.
- Vamos, rápido. Dijo él, estaba inusitadamente nervioso. Si estos papeles cayeran en malas manos sería la ruina para la familia Bernat y el fin para el Banco.
Abrió la cámara acorazada. Cuando ya había guardado los documentos y se disponía a devolver la caja a su lugar, oímos un ruido. Inmediatamente otro más fuerte y más cercano. De repente unos tipos mal encarados aparecieron en la puerta de la cámara armados hasta los dientes.
- Señores, dijo uno de ellos con una sonrisa aviesa, serían tan amables de entregarme esa caja.
No atinábamos a reaccionar. La puerta de entrada abierta, la de la cámara también. Nos habíamos saltado a la torera todas las medidas de seguridad, incluso aquéllas más tontas que realizas por pura rutina.
Jordà sudaba a mares, grandes goterones pringosos de brillantina rodaban por su cara pálida como la de un muerto que, al brillar con la grasa, le daba un aspecto ceroso, como de figura de cera.
Se había quedado completamente inmóvil y de su garganta se escapaban leves sonidos guturales.
Yo asistía a la escena como el convidado de piedra. Me había relegado al papel de mero espectador del drama que se estaba desarrollando ante mis ojos.
De repente todo se precipitó a velocidad de vértigo. El tipo armado arrancó de las manos de mi compañero la preciada posesión, salió rápidamente y cerró la puerta a su espalda. Desde fuera nos gritó que, en unas horas, cuando abrieran las oficinas, seríamos liberados. Que tuviéramos paciencia.
Jordà ya no emitía ningún sonido, ya no sudaba...¡ya no respiraba!. Como si hubiera sido alcanzado por un rayo, se había quedado pajarito de pie.
Me horroricé. Había perdido la noción del tiempo y no sabía cuanto rato más debía pasar en aquella pequeña habitación, cerrada a cal y canto, con un cadáver que permanecía erecto en el mismo centro del perímetro.
Me senté en un rincón y esperé, esperé, esperé...
En 1973, Enrique Alarcón, enamorado del edificio que había sido sede del Banco de Crédito y Docks, decidió construir un museo. Cuando acometió las obras de remodelación aun no había decidido a que estaría dedicado.
Un día, todo el equipo de trabajo, incluido Alarcón y un grupo de amigos, se encontraban situados ante un agujero que estaban realizando en la pared, unica manera de acceder a la cámara acorazada.
Cuando el último trozo de piedra cayó liberando el paso al espacio que había permanecido cerrado tantos años, los testigos quedaron petrificados ante la escena que se les mostró.
Un cadáver momificado permanecía sentado en un rincón, mientras, en el centro, erguido, conservado como si aun estuviera vivo y fuera a hablar en cualquier momento, otro muerto permanecía, increíblemente, de pie.
- ¡Eso!, dijo Alarcón. Será un museo de figuras de cera, único en la ciudad.
Si vais de visita al museo, buscad a Jordà. Cambia de escena cada vez pero siempre esta ahí. Con su pelo perfecto y su bigotito encerado.
















lunes, 16 de abril de 2018

¡Agua! VI





Capítulo 6. Ángeles de las sombras.

Al principio no entendía de que demonios me hablaba Dora. Su cara pálida no tenía nada que ver con la falta de maquillaje. Recogí el periódico que mi falta de reflejos habia permitido que cayera al suelo.
La noticia aparecía en primera página. En la foto, justo debajo del titular, se veía un bulto desmadejado en el suelo en medio de un gran charco de lo que debia ser sangre.
¿Como podía ser?. Yo había observado a todos los clientes del local. Alguien que me estuviera vigilando a mi o al "conejo" no me habría pasado desapercibido.
Miré a mi amiga que seguía con el rostro blanco como la pared. Observé que le temblaba ligeramente el labio inferior y sus manos apretaban desesperadamente los reposabrazos de la silla.
Le agarré la cara con las manos y la obligue a mirarme a los ojos.
- Dora, escúchame. No tengas miedo. Hablaré con Micke y le diré que instale un par de sus hombre aquí. Yo me buscaré otro sitio donde estar. Nadie tiene porque saber de ti.
- Pero Bobby, ¿crees que esos tipos no sabrán ya que llegaste a Charly a través mío?. Además, cariño, no solo estoy asustada por mi.
- Esos matones, probablemente, le sacaron al desgraciado lo que me había contado y nada más. No creo que les interesara el modo en que acabé interrogándole a él. Charly no era precisamente un dechado de discreción. Me encanta que te preocupes por mi preciosa pero, estoy acostumbrado a cuidar de mi propia piel. No me van a agarrar fácilmente. La ventaja es que el "conejo" no sabía quien era yo. Estaba tan acojonado que ni siquiera me preguntó. Antes de encontrarme tendrán que averiguar mi identidad. Y cuento con la ventaja de que sé que me buscan.
Dora relajó su expresión y el color volvió poco a poco a sus mejillas. Sonrió por primera vez.
- Dile a ese pelirrojo del demonio que, si me va a enviar dos guardaespaldas, tienen que ser los más guapos de la comisaría.
Reímos al unísono pero de manera forzada, como un escape a la tensión que se había instalado, de repente, en nuestras vidas.
Llamé a Micke por teléfono y quedamos en su apartamento esa misma noche.
Me abrió la puerta casi antes de que llamara. Tenía preparada, como la vez anterior, la cafetera y las copas. Pero, esta vez, en la chimenea ardía un buen fuego. No se si la temperatura había bajado en pocos días o era yo quien se sentía helado por dentro.
- Antes que nada, siéntate al lado del fuego y toma una buena taza de café caliente. ¡Tienes pinta de aparecido!. ¿Qué demonios a pasado?. Me preguntó mientras me servía el café y una copa llena a rebosar.
- ¿Estás metido en la investigación del asesinato de Charly "el conejo"?.
- ¿El proxeneta? No. Eso cae en otra jurisdicción. ¿Por? ¿No me digas que tú ...?
Le dirigí una mirada cargada de indignación.
- ¿Yo qué? ¿No se te habrá ocurrido pensar, ni por un momento, que soy capaz de hacer algo así?.
- ¡Claro que no, estúpido! Te iba a preguntar si estabas por allí.
Puse cara de compungido. Me daba cuenta de que, aunque yo no quisiera, a pesar de estar convencido de que me había metido en aquel infierno porque las víctimas inocentes merecían que alguien se preocupara por castigar a aquéllos psicópatas sin conciencia ni moral, aquéllas bestias salvajes que habían violado su inocencia y destrozado sus cuerpos de la manera más cruel. Aun sabiendo la necesidad de sacar a aquellos "Ángeles del infierno" de las calles, no dejaba de culpar a Micke de todas las desgracias que me habían acaecido en los últimos días. No podía olvidar que fue él, con su petición de auxilio, el que me sacó de la seguridad de mi escondite, abriéndome los ojos a unos hechos, que hubiera sido más feliz sin conocer.
-¡Lo siento mucho, amigo!¡Tengo más miedo que cuando me enteré de que los matones de Calbin me estaban buscando!.
- Bueno. Si me cuentas lo que a pasado quizá entienda que es lo que te asusta tanto.
Me incliné hacía adelante acercando las manos al fuego que ardía pletórico iluminando la habitación. El sargento había mantenido las lámparas apagadas y las contraventanas cerradas para salvaguárdanos de miradas indiscretas.
Me sentía helado por dentro. Indefenso por primera vez en mi vida.
- Cuando salí de aquí el otro día me fui directo a ver a Dora. ¿Sabes de quien te hablo?.
- Sí, por supuesto. Esa pelirroja espectacular que es la dueña de un prostíbulo de lujo.
- Esa. Ya conocerás la amistad de muchos años que nos une. Pensé en refugiarme allí y, de paso, que me diera toda la información que pudiera. Ella me comentó que el asunto en el que nos estábamos metiendo era muy peligroso pero yo insistí. Me proporcionó unos cuantos nombres de la élite de los tratantes del sexo. Decidí empezar por el primero esa misma noche.
- ¡No me digas más! Charly "el conejo".
- ¡Premio!.
- Sigue. Me animó Micke llenando mi copa.
- Amablemente me contó todo lo que sabía del asunto. Yo me volví a lo de Dora y me he levantado esta mañana con la noticia de que, al pobre infeliz, lo han enviado al otro barrio con unos cuantos apéndices de menos.
- ¿Te siguieron?.
-¡Amigo, me ofendes. Tendrían que haber sido invisibles para que no los hubiera visto. Y, aun así, los habría olido!. Además, quien demonios iba a saber que volvi a la ciudad porque me pediste ayuda. A no ser que tu interes inesperado por el señor Dupont haya levantado la liebre (que no al "conejo", a ese lo han tumbado) y a quien vigilen sea a ti.
Micke se acarició la barbilla, señal de que estaba pensando.
- Pues si es así, estos días he hecho unas cuantas visitas incómodas. Así que, si me han puesto en el punto de mira, les he confirmado todas sus sospechas.
- ¿Me cuentas?. Le pedí.
Negó con la cabeza.
- Explícame tú primero que te dijo el finado desorejado. Luego, con lo que sé yo, intentaremos ligar a Dupont con toda esta historia y, decidiremos que pasos dar.
- Ok. Pero antes quiero que ordenes a dos de tus mejores hombres que vayan al "Jardín encantado" a cuidar de Dora. Se lo prometí.
Micke sonrió de oreja a oreja.
- Amigo, ¡esa misión se la van a rifar!.
Continuará...



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